Estaban filmadas desde ángulos cercanos, con una urgencia documental que me recordó al cinema-verité, lejos de los estándares audiovisuales que se han impuesto más tarde en televisión. Numerosos espectadores, a través de sus mensajes de teléfono, venían a decir lo mismo: la política y los políticos de entonces tenían más altura. La realidad es que había mayor conexión entre los políticos y la gente de la calle en torno a los problemas más candentes. Los medios de comunicación, electrizados por los acontecimientos, iban detrás de la actualidad política, sin tiempo para administrarla. España estaba en trance de reinventarse y en ese proceso todos nos despertábamos a diario con algo que decir. La nueva democracia no podía sino reflejar de un modo u otro las inquietudes de la calle.
Durante unos años, la noción de que el poder político emana de la voluntad popular fue compartida de forma activa y consciente por el conjunto de la sociedad española. La normalización posterior no hizo sino debilitar esa noción. Por eso los documentos de la época producen la impresión de que estamos dejando perder una energía que entonces se cortaba en el aire. Cierto es que, recién salidos de la dictadura, todos éramos conscientes de que nos la estábamos jugando. ¿Acaso no nos la estamos jugando hoy en día con asuntos como la crisis financiera o la inmigración? En un momento del programa se hizo referencia a la intensidad de la vida pública española durante aquel periodo, en ámbitos distintos de la política, a la que una parte de la sociedad sentía deseos de dar la espalda.
Se habló de la movida madrileña, de la actitud provocadora e irreverente de la cultura juvenil, se mostraron imágenes de grupos musicales (entre ellos el grupo en el que yo actuaba, Radio Futura, en sus inicios) y otros artistas de la época. Hubo un acuerdo algo precipitado en el plató para condenar la movida por hortera y culturalmente estéril, incapaz de dejar poso alguno en el terreno de las artes o el pensamiento. “Atendiendo a los pantalones que me había puesto para salir aquel día en televisión –me dije–, estos señores deben tener algo de razón.” Pronto se me pasó el primer susto, pues me pareció que la parte de razón que tenían era mucho más superficial que la parte de razón que les faltaba.

Me he expresado a menudo con desconfianza con respecto a la movida, en la que participé con un pie dentro y otro fuera. No porque ella misma se complaciese en mostrarse como insustancial y entregada al placer efímero, sino porque no alcanzó a sostener, a lo largo de las décadas siguientes, los retos que planteó. La notoriedad, el dinero fácil, las drogas y la cultura del bienestar debilitaron el desarrollo de un arte popular incipiente, visionario, pese a su aparente inconsciencia. Políticos y analistas caen ahora como moscas sobre el burro muerto, con rencor no disimulado, porque sus orejas apuntaban más allá de su alcance. Lo que significó aquella movida interurbana –no sólo madrileña– tiene todavía un valor que no han entendido ni de lejos. Fue un síntoma pasajero de una tremenda transformación que sigue su curso por debajo de la actualidad más aparente. La movida de los años ochenta representa el acceso de los hijos de las clases trabajadoras a la cultura, a sus medios de producción y difusión, por primera vez en la historia de España. La banda sonora de ese peliculón está mayormente hecha, por cierto, con la herencia de los músicos negros. Estos hechos tienen consecuencias que en mi opinión van más allá del diseño del mapa de las autonomías o de las nacionalidades históricas, de la cuestión de la forma del Estado, de la conveniencia o inconveniencia de retocar el apartado ocho de la Constitución, al parecer mal redactado.

¿Pero qué pasa si el pueblo da señales de carecer de voluntad política? ¿Bastará con la emergencia de alguno de esos próceres que de cuando en cuando vienen al mundo para resumir la esencia y el sentir de la nación? Eso proclamaba desde un balcón, con retórica falsa y ampulosa, uno de los contertulios, en un documento del mismo año ochenta, más vengonzante que mis pantalones. Se refería a Sabino Arana, compañero de colegio de Miguel de Unamuno, quizá menos brillante intelectualmente que éste –todos en el plató parecían dispuestos a admitirlo– pero padre simbólico de la patria vasca. Siempre llega un momento en que los políticos, en su vocación de legitimar el poder, se sienten autorizados para decir y hacer cualquier cosa.

Este es el círculo en torno al cual todo gira desde entonces en la política española, un círculo de deslizamientos y falsedades, de verdades, como mucho, siempre a medias. La política española se ha ido volviendo más floja, maquillada por los expertos en imagen, provisoria, demasiado dependiente de poderes fácticos que, como la banca, actúan sin dar explicaciones. No podía ser de otro modo, pues con la excusa del pragmatismo los políticos han vertido cloroformo en el manantial que les alimenta. De los males de esterilidad que atribuyen a la movida, ellos son los primeros responsables. Han administrado a su conveniencia la problemática de actualidad, relegando a último plano la inquietud cultural de la que debería haber surgido una visión renovada del porvenir.











Como Vigués que soy viví la movida desde lejos, debido a mi por entonces corta edad, pero aún recuerdo la frase de marketing "Madrid se escribe con V de Vigo" debido a la por entonces cordial relación entre ambos alcaldes y a la multitud de bandas como Aerolíneas Federales, Siniestro Total, Golpes Bajos, Resentidos,... que surgieron en ese momento de mi ciudad y que se dejaban caer por la capital en esa “movida”.
De todos ellos aprendí y aprendí mucho (tanto de las bandas de Madrid como de las locales y por supuesto de usted, amigo maestro).
Tuve la oportunidad de crecer con la energía y la ilusión que toda esa nube de creadores me aportó (a mi y a toda mi generación), así como de esculpir una buena parte de mi cerebro con el surrealismo, la adrenalina y el flujo de información que por aquel entonces nos brindaba a los niños algo tan mágico e irrepetible como fue “La bola de Cristal” (donde participó una buena parte de los artistas de la “movida”), e inevitablemente soy una herencia de todo aquello.
A día de hoy continúo escuchando e interesándome por un lado por algunos artistas de aquel entonces que han continuado sus trayectorias aportando con su buen criterio obras de altísima calidad, y por otro, y gracias al criterio madurado debido entre otras causas a toda esas influencias, a nuevos creadores que estoy seguro también medraron cobijados por la misma sombra que me arropó a mi.
Por eso creo que si yo soy en parte fruto de la movida, o de algunos creadores que participaron en la misma, la cosa no ha ido tan mal, o al menos eso piensan mis padres! (que no es poco) Así que ojalá los chavales de hoy tengan la oportunidad de disfrutar y aprender de maestros como los que tuve y continúo teniendo a día de hoy.
Gracias maestro
César Barreira