Photo of Juan Perro

Juan Perro's Blog

  • Un juicio político de la movida hecho a la ligera


    Hace unos días, en uno de los recientes canales de la televisión digital terrestre, caí sobre un programa de medianoche que emite la interesante serie documental de Victoria Prego sobre la transición española, e invita a algunos políticos y analistas a debatir sobre ella. Esa noche abordaron el momento crítico en el que el PSOE se sintió con respaldo suficiente para plantear la moción de censura al gobierno de UCD. La documentación visual de aquel año –1980– me enganchó de inmediato: las intervenciones de Felipe González y Adolfo Suárez en el Congreso, sus declaraciones en las ruedas de prensa posteriores, las imágenes de las manifestaciones masivas en la calle, tenían una veracidad que ya no acostumbramos a ver en los telediarios.

    Estaban filmadas desde ángulos cercanos, con una urgencia documental que me recordó al cinema-verité, lejos de los estándares audiovisuales que se han impuesto más tarde en televisión. Numerosos espectadores, a través de sus mensajes de teléfono, venían a decir lo mismo: la política y los políticos de entonces tenían más altura. La realidad es que había mayor conexión entre los políticos y la gente de la calle en torno a los problemas más candentes. Los medios de comunicación, electrizados por los acontecimientos, iban detrás de la actualidad política, sin tiempo para administrarla. España estaba en trance de reinventarse y en ese proceso todos nos despertábamos a diario con algo que decir. La nueva democracia no podía sino reflejar de un modo u otro las inquietudes de la calle.

    Durante unos años, la noción de que el poder político emana de la voluntad popular fue compartida de forma activa y consciente por el conjunto de la sociedad española. La normalización posterior no hizo sino debilitar esa noción. Por eso los documentos de la época producen la impresión de que estamos dejando perder una energía que entonces se cortaba en el aire. Cierto es que, recién salidos de la dictadura, todos éramos conscientes de que nos la estábamos jugando. ¿Acaso no nos la estamos jugando hoy en día con asuntos como la crisis financiera o la inmigración? En un momento del programa se hizo referencia a la intensidad de la vida pública española durante aquel periodo, en ámbitos distintos de la política, a la que una parte de la sociedad sentía deseos de dar la espalda.

    Se habló de la movida madrileña, de la actitud provocadora e irreverente de la cultura juvenil, se mostraron imágenes de grupos musicales (entre ellos el grupo en el que yo actuaba, Radio Futura, en sus inicios) y otros artistas de la época. Hubo un acuerdo algo precipitado en el plató para condenar la movida por hortera y culturalmente estéril, incapaz de dejar poso alguno en el terreno de las artes o el pensamiento. “Atendiendo a los pantalones que me había puesto para salir aquel día en televisión –me dije–, estos señores deben tener algo de razón.” Pronto se me pasó el primer susto, pues me pareció que la parte de razón que tenían era mucho más superficial que la parte de razón que les faltaba.




    Me he expresado a menudo con desconfianza con respecto a la movida, en la que participé con un pie dentro y otro fuera. No porque ella misma se complaciese en mostrarse como insustancial y entregada al placer efímero, sino porque no alcanzó a sostener, a lo largo de las décadas siguientes, los retos que planteó. La notoriedad, el dinero fácil, las drogas y la cultura del bienestar debilitaron el desarrollo de un arte popular incipiente, visionario, pese a su aparente inconsciencia. Políticos y analistas caen ahora como moscas sobre el burro muerto, con rencor no disimulado, porque sus orejas apuntaban más allá de su alcance. Lo que significó aquella movida interurbana –no sólo madrileña– tiene todavía un valor que no han entendido ni de lejos. Fue un síntoma pasajero de una tremenda transformación que sigue su curso por debajo de la actualidad más aparente. La movida de los años ochenta representa el acceso de los hijos de las clases trabajadoras a la cultura, a sus medios de producción y difusión, por primera vez en la historia de España. La banda sonora de ese peliculón está mayormente hecha, por cierto, con la herencia de los músicos negros. Estos hechos tienen consecuencias que en mi opinión van más allá del diseño del mapa de las autonomías o de las nacionalidades históricas, de la cuestión de la forma del Estado, de la conveniencia o inconveniencia de retocar el apartado ocho de la Constitución, al parecer mal redactado.


    Para el futuro de las nuevas generaciones españolas, es más grave el haber cedido la iniciativa cultural de cada casa a los intereses de mercado, coaligados con los grandes grupos mediáticos que bailan el agua a un partido u otro, con sus respectivas fuentes –más o menos claras– de financiación. Los nacionalismos no hacen sino disputar el fruto de esa cesión de la atención ciudadana. Las clases trabajadoras cuyos hijos pasaron por la universidad en los últimos años del franquismo, o en los primeros de la transición, han sido reeducadas para no atender más que al consumo, a la empresa deportiva local o nacional, a los programas de mayor audiencia y sus anuncios, al voto periódico del aburrimiento, que ni la mayor crisis financiera conmueve. Han perdido la ilusión y la energía que mostraron durante un corto periodo. Sin ellas es imposible que los políticos mantengan la cabeza clara, porque el poder en democracia proviene de la voluntad popular, según damos todos por supuesto.




    ¿Pero qué pasa si el pueblo da señales de carecer de voluntad política? ¿Bastará con la emergencia de alguno de esos próceres que de cuando en cuando vienen al mundo para resumir la esencia y el sentir de la nación? Eso proclamaba desde un balcón, con retórica falsa y ampulosa, uno de los contertulios, en un documento del mismo año ochenta, más vengonzante que mis pantalones. Se refería a Sabino Arana, compañero de colegio de Miguel de Unamuno, quizá menos brillante intelectualmente que éste –todos en el plató parecían dispuestos a admitirlo– pero padre simbólico de la patria vasca. Siempre llega un momento en que los políticos, en su vocación de legitimar el poder, se sienten autorizados para decir y hacer cualquier cosa.


    No hay “un” gran nombre del pensamiento, de la literatura, de la pintura, de la música españolas proveniente de la movida, se quejaban los contertulios. En efecto, los ochenta convirtieron en cosa de muchos la cultura que antes era de unos pocos, que solían ir al mismo colegio. Aparte de los ídolos con pies de barro del pop, de las estrellas de cine que pisan con suela impoluta la alfombra roja, muchos artistas plásticos, literatos, músicos de todos los géneros, unos pocos pensadores, a quienes los contertulios daban muestra de desconocer por completo, se alimentaron de aquella electricidad colectiva y crearon las condiciones para que sus experiencias fuesen transmitidas, pese a la “reeducación” mediática masiva que sobrevino de los noventa en adelante.


    Concluyamos este pequeño ajuste de cuentas callejero con la política española. Resulta excitante volver a contemplar como Felipe González iba dando puñetazos cada vez más sonoros sobre la tribuna del Congreso para apoyar sus elocuciones, frente a un Adolfo Suárez retraído, que en rueda de prensa mostraba luego sin pudor su lado humano, su hastío del poder. Ambos fumaban igual de nerviosos en sus respectivos escaños. Entonces se fumaba en el Congreso. Se debatía allí un problema de autoridad, gato que el PSOE se llevó al agua en cuanto tuvo de su lado a la banca, a la mayor parte del ejército, de los medios de comunicación y del pueblo, especialmente motivado por la ampliación de las autonomías regionales. La izquierda se hizo con el poder deslizándose hacia la socialdemocracia, desposeyendo a la derecha del gesto autoritario, adaptándose al pragmatismo norteamericano, sintiéndose justificada por las manifestaciones de la voluntad popular, que sacaba a la calle sus banderas. Entretanto la derecha regresaba al centro del baile vestida de nuevas siglas, adoptando un tono dialogante poco seguro, ocultando bajo la manta su atavismo, su mentalidad de propietaria con derecho inalienable, natural o divino.




    Este es el círculo en torno al cual todo gira desde entonces en la política española, un círculo de deslizamientos y falsedades, de verdades, como mucho, siempre a medias. La política española se ha ido volviendo más floja, maquillada por los expertos en imagen, provisoria, demasiado dependiente de poderes fácticos que, como la banca, actúan sin dar explicaciones. No podía ser de otro modo, pues con la excusa del pragmatismo los políticos han vertido cloroformo en el manantial que les alimenta. De los males de esterilidad que atribuyen a la movida, ellos son los primeros responsables. Han administrado a su conveniencia la problemática de actualidad, relegando a último plano la inquietud cultural de la que debería haber surgido una visión renovada del porvenir.


    El uso del término “movida” pasó, desde mediados de los setenta, de los ambientes de la delincuencia a las galerías de arte, a los locales de ensayo, a los platós de televisión y a los medios en general. La movida de los ochenta fue, según todas las apariencias (además de hortera o “kitsch”, estéril y efímera) de linaje dudoso. Uno siente la tentanción de pensar que sus males se han extendido, de manera subrepticia, hasta la política que con encono sospechoso la atajó y la condena. Y es que todo conflicto conlleva reciprocidades secretas. Pero pensemos un poco más allá: ¿no forma parte del oficio político, por tradición y por esencia, un afan de notoriedad, e incluso cierto talante acanallado, llevado con disimulo? ¿No será la “movida” precisamente el juego secreto del poder, que los señoritos con ganas de mando prefieren no tener que compartir?
  • El arte de fundir pasiones



    No por la edad temprana solamente, ni por lo fogoso de su espíritu indómito, ni por la manera en que se hizo querer de los suyos, en que se adhirió a nosotros, hasta a los más extraños, la muerte de Enrique Morente resulta prematura. Complace constatar en los informativos que todos hemos comprendido el alcance de la tarea que se fue dando a sí mismo, según fue ampliando la visión y la conciencia de su arte. Alivia un poco sentirse, de vez en cuando, tribu, de acuerdo siquiera en el dolor de ver que se nos va lo mejor que teníamos en común.

    Pero no basta quedarse con un mezquino alivio. La muerte de Enrique Morente resulta incomprensible porque le necesitábamos para entendernos. Tenía algo de chamán, de brujo de humor fino, no había más que verle caminar bajo las farolas, rodeado de nuevos flamencos y algún roquero en extravío. No debemos sacralizar, si queremos ser dignos de su ejemplo. Hubiéramos deseado que nos contase con detalle prolijo, desde su perspectiva de iluminado y hereje andalusí, cómo fueron las viejas carreteras comarcales del flamenco. Morente tenía discurso para hacerlo. Tenía la experiencia de la tradición y tenía el pensamiento en evolución permanente. Su voz era el hilo que nos guiaba en el laberinto que va desde la España negra al porvenir.

    Quedan los discos, que para eso sirven, para seguir escuchando a los amigos muertos. Conviene volver a las electrizantes grabaciones en las que el joven Morente se estaba midiendo con los enigmas de lo jondo y de lo ligero, del rajo y de la delicadeza, del Occidente y del Oriente, pasiones encontradas del flamenco. Quería resolver localismos y actitudes sectarias en una sola pasión. Fundió cantes, preservó letrillas, hizo suyo el duende de los caminos y las ventas, vivió como entre espectros cervantinos. Cuando tuvo a su tierra agarrada por la médula, plasmó su memoria atesorada y su belleza nerviosa, ansiosa de futuro.



    Su cante miró luego hacia el Nuevo Mundo, se hizo amigo de la electricidad, del arte abstracto y de la orquesta contemporánea. Quería dibujar la rosa comunitaria, irisada en el centro y en los bordes, recién nacida y ya presta a marchitarse. Morente tenía un sentido poético y pictórico del cante. No era mera preocupación formal, ni siquiera el deseo de encarnar lo imaginario, sino la necesidad de explorar. Sabía moverse en la frontera entre el sentido más sutil de las palabras y el grave silencio de las cosas, asistir al preciso instante en que las cosas vibran y alguien se arranca a tocar palmas.
    Morente nos deja con más de una pregunta en los labios: si el flamenco es nuestra mejor música, entre todos los géneros el más hondo, el más cumplido en realización sonora, el más reconocido en el mundo, pero a la vez está en necesaria y veloz transformación, ¿no es comprensible que el ánimo oscile entre la inquietud por el viejo tesoro y la expectación ante lo nuevo? Otros cantaores y guitarristas toman el testigo, los músicos de jazz aprenden a improvisar sobre el compás. ¿Cómo será el cante que funda las pasiones de hoy en los moldes de mañana? Enrique Morente nos ha legado el deseo de averiguarlo. Pero para dar otro paso -a Ubrique o a Grazalema, como decía el fandango- todos contábamos con él.

    Artículo escrito por Santiago Auserón para El País.
  • Nota sobre La nave estelar


                                            LA NAVE ESTELAR
    Con esta maqueta en el reproductor y con esta nota ya sabéis de qué van las diez nuevas canciones que Juan Perro ha estrenado en sus directos a lo largo de 2009. Nunca había enseñado lo que hay en mi cocina en un estado tan crudo. Cada día me gusta más la música desnuda, con el mínimo de producción. Pero para poder enseñarla tiene que tener algo que sólo se alcanza con arte y con solera, con más práctica de la que tengo yo con la guitarra. Espero que no os parezca excesivamente descarado, llevado por la necesidad de construir un repertorio fuera de los medios habituales. Sois muy amables por prestar atención a estos borradores, que en el directo van evolucionando concierto a concierto.
    La nave estelar empezó siendo un boceto con música distinta. La letra quería homenajear a Faustino Oramas El Guayabero, quien me abrió la puerta del son cubano, con quien tuve la suerte de compartir días felices. Recuerdo, entre otros muchos momentos, mi segunda visita a Holguín, cuando sin saberlo caí en plena celebración de su ochenta cumpleaños. Iba buscando la pista de otro gran sonero, el guitarrista santiaguero Rigoberto “Maduro”, a quien me encontré sentado en la recepción del hotel según entraba. Él mismo me indicó que Faustino estaba comiendo en el restaurante del mismo hotel. Me acerqué a saludarle y me dijo: “menos mal que llegó a tiempo, le estaba esperando”. En mi habitación se produjeron descargas de lujo: Faustino, Maduro, Santana Oramas, El gran Carlos Embale en controversia con Reynaldo Prades... El Guayabero me hizo subir a escena en el Teatro de Holguín para improvisar Obsesión, el famoso bolero del portorriqueño Pedro Flores, su tema favorito. En fin, le debo a Faustino Oramas unas cuantas experiencias. La nave estelar le está dedicada. “Santa Palabra”, como él solía decir.
    De entre su repertorio, siempre me gustó especialmente Mi son retozón, que pese al título es un canto a las postrimerías hecho en décimas, en un estilo cercano a la poesía del Siglo de Oro español, pero en la era ferroviaria. Una noche vi un reportaje por televisión que hablaba de un proyecto inminente de Richard Branson, el dueño de Virgin, quien, después de forrarse varias veces con los discos y con su flota de aviones, estaba invirtiendo en el prototipo de una aeronave con tecnología espacial, que podrá dar la vuelta al mundo en una hora. Cuyo pasaje solamente podrán pagar, supongo, él y las 244 personas que le anteceden en la lista de los sujetos más ricos del mundo (de hecho ya podéis hacer la reserva si queréis y convertiros en pioneros de Virgin Galactic, el billete sólo cuesta 200.000 dólares). Me dije que había llegado el momento de hacer unas décimas como las de El Guayabero, pero cambiando de medio de transporte. Tomé el título prestado de la estupenda novela de Brian Aldiss (Herminio Molero nos obligó a leerla a todos, en los primeros días de Radio Futura).
    Andaba ya buscando aromas de Nueva Orleáns para esas décimas de estirpe cubana, oyendo discos de Dr. John, pero no había viajado todavía a la Big Easy, al tema le faltaba algo de engranaje. Lo encontré años más tarde escuchando los bajos de tuba en las “brass bands” callejeras por el Vieux Carré y frente al escenario Heritage del Jazz Fest. La Rebirth Brass Band tocó una noche un tema en Tipitina que tenía un fraseo claramente cubano y también me dio alguna pista. Los amigos de Radio Gladys Palmera me hicieron llegar la versión de Mardi Gras Mambo (el “hit” de Art Neville con los Hawkettes, del año 1954) que grabó Cubanismo en Nueva Orleáns a finales de los noventa. La mezcla de clave cubana y ritmo de “second line” no es nueva, como veréis. Al Perro le viene que ni pintada, es como si en ella hubiera olfateado un rastro del hueso filosofal.
    El coro de la sección final salió una tarde del penúltimo verano en el campo de Mallorca, en el mismo momento de enmaquetar el tema, cuando ya se me había pasado el mal humor posterior a la siesta.
  • Nota sobre El mirlo del pruno

                                                  El mirlo del pruno
    En una película de Godard de los años ochenta (Sauve qui peut. La vie) salía Jacques Dutronc haciendo de un tipo divorciado que, mientras su ex-esposa le reclamaba sin éxito una actitud de padre responsable, se dedicaba a delirar sobre diversos temas. Entre ellos la llegada de los mirlos a las ciudades, al parecer muy reciente –a finales del siglo XIX–, seguramente en busca del calor de las calefacciones, del aumento de desperdicios o del uso incipiente de la luz eléctrica en las grandes metrópolis. O quizá para competir con el creciente ruido urbano, vaya usted a saber.
    Más recientemente hemos empezado a ver gaviotas revoloteando sobre los contenedores de basura de poblaciones alejadas de la costa, o bandadas de cotorras tropicales en parques de latitudes antes nunca habitadas por tales inmigrantes. Y no se si será sólo cosa mía, pero el comportamiento público de los gorriones en las terrazas de los bares me parece mucho más descarado que hace sólo unas décadas. En fin, los pájaros son gente rara y especial, no cabe duda. Por su libertad de volar, por su lengua frecuentemente cantarina, siguen siendo modelos clásicos para toda sensibilidad poética, pero a la vez parecen adaptarse con soltura a las situaciones más prosaicas de la civilización. Los antiguos griegos creían que el hombre aprendió a hacer música imitando a los pájaros, ahora quizá tengamos que aprender de ellos a sobrevivir en las ciudades.
    Volviendo a los mirlos, no cabe duda de que es una de las especie de ave con un canto más musical y templado. El modelo poético por excelencia de los trovadores es el ruiseñor, cuyo canto es de una belleza sobrenatural en el silencio de una noche campestre. Pero los mirlos cantan muy hermosamente en cualquier parque, en cualquier calle, cerca de nuestra ventana, llenando de armonías extrañas cualquier remanso de relativo silencio. Cada año vuelven al final del invierno con cantos nuevos, a veces repiten, entre sus improvisaciones más elaboradas, un mismo motivo durante meses y otras veces lo mantienen incluso de un año a otro. Esos motivos cambian por barrios, según parece podrían ser marcas territoriales, pero a mí me ha parecido reconocer un estribillo de los mirlos madrileños a las afueras de París, por ejemplo. Es sabido que los cantantes viajamos mucho.
    Desde hace unos cuantos años escucho con atención a los mirlos. Los cuento entre mis mejores amistades y reconozco que trato de incorporar sus melodías a mi repertorio y de imitar su registro de voz. Grabando un tema con ritmo de reggae, un día de verano, con la ventana abierta, me sorprendió escuchar a un mirlo vacilón que se entretenía cantando a contratiempo conmigo. Debe de haber algo en el reggae que les gusta a los pájaros, porque en la época de Radio Futura tuve un periquito llamado Duston que bailaba a Bob Marley -y sólo a él– cada vez que salía por la radio. Cuando me di cuenta, le puse discos de otros héroes jamaicanos, como Toots & The Maytals, y también los bailó. Duston murió achicharrado una tarde de verano de calor excesivo, vivía en una buhardilla muy pequeña por aquel entonces.
    Escribí esta canción en agradecimiento a un mirlo que cantaba cada tarde mientras yo trataba de recuperar horas de sueño. Este ejemplar tenía un punto aflamencado muy florido y me llenaba la siesta de figuras que me transportaban en sueños a lugares lejanos, donde las Musas cantan y bailan desnudas, provocando destellos en el ojo vidrioso del viejo sátiro Silencio. El metro de los versos me llevó a un ritmo de cinco corcheas, y la melodía salió con un aire entre cortesano medieval y folclore de los Balcanes.
    En la historia de la música, los mirlos han dejado huella perenne, desde el iraquí Zyriab, al que apodaban El Mirlo Negro, que revolucionó Córdoba con su música y sus maneras de dandy en la época del califato (la música andalusí que se conserva en el Magreb todavía lleva su huella) hasta uno de los estándares más conocidos de la canción norteamericana, Bye, Bye Blackbird, cantado por toda suerte de mirlos, blancos y negros. Ojalá esta cancioncilla sea digna de tamaño linaje.
    Ah, el silbidito final es el hit más famoso del mirlo que grababa conmigo. Se escuchó mucho en mi barrio durante un verano. Lástima que los mirlos no cobren derechos de autor, porque yo estoy dispuesto a pagar mi deuda con aquel pájaro.

Login

Forgot password?

Need an account? Sign up